América Latina tiene su lugar en el viaje a la Luna: Un microsatélite argentino viaja en la misión Artemis II
Por Iván Pérez Sarmenti, CNN en Español
El hombre busca volver a acercarse a la luna con la Misión Artemis II, que parte este miércoles y lleva a cuatro astronautas alrededor del satélite de la Tierra, algo que no sucede desde 1972. Si bien es una expedición de la NASA, hay cuatro países invitados y uno de ellos es latinoamericano.
“Argentina va a estar participando en la primera misión tripulada a la Luna después de más de 50 años”, afirma Gabriel Sanca, docente e investigador de la Universidad de San Martín, una de las instituciones que forma parte de la pata argentina de esta expedición.
Los países invitados enviarán satélites y Argentina sumará un microsatélite de tipo Cubesat 12u, el Atenea, con dimensiones aproximadas de 30 x 20 x 20 centímetros, diseñado y construido íntegramente en el país. Este artefacto enfrenta un enorme desafío: obtener datos y comunicarse a 70.000 kilómetros de distancia de la tierra. Todo con tecnología desarrollada localmente en varias universidades públicas e institutos. Los otros países participantes son Alemania, Corea del Sur y Arabia Saudita.
Argentina, a través de su Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) viene trabajando con la NASA desde la década del 90. Ese vínculo, que perduró en el tiempo, es, según los argentinos, una de las claves para ser parte de esta expedición.
“Argentina, a diferencia de los demás países de América Latina, tiene trayectoria trabajando con NASA. Se ha trabajado mucho con ellos, CONAE creció aprendiendo de ellos, se hicieron varios satélites en cooperación con la NASA. Y en 2023 también se firmaron los acuerdos Artemisa, que promueve Estados Unidos (y establecen principios de cooperación para futuras misiones espaciales de exploración y explotación civil con fines pacíficos)”, explica Juan Pablo Cuesta González, líder del Proyecto Atenea, quien agrega: “Y finalmente llegó esta propuesta”.
Este microsatélite argentino forma parte de lo que se llama carga secundaria o payload, espacios que quedan libres en el cohete que se lanza. Allí se ubican los desarrollos de los países invitados, que aprovechan los espacios disponibles, pero no tienen relación directa con la misión de la NASA.
“El Proyecto Atenea es un proyecto de demostración tecnológica. Queremos probar tecnología desarrollada localmente, que es muy importante en el mercado de New Space. Poder decir ‘esto voló y funcionó’ es muy importante en esa industria para tener más clientes y mayor posibilidad de mercado”, explica Cuesta González.
“Tenemos diferentes experimentos que queremos llevar adelante. Uno de ellos es poder medir radiación en el espacio en órbitas particulares. También queremos continuar ensayando unos dispositivos particulares que se llaman fotomultiplicadores de silicio, que tienen la capacidad de medir muy poca luz, hasta fotones individuales. Y también nos interesa poder evaluar distintos desarrollos nuevos que estamos llevando adelante. Por ejemplo, tenemos una computadora de abordo que controla todo nuestro experimento y se comunica con el satélite. Nos interesa probar más en detalle ese tipo de electrónica”, agrega Sanca.
Una de las claves del proyecto argentino es que participaron varias universidades públicas e instituciones, articuladas por la CONAE, en muy poco tiempo. “Hubo un cronograma dominado por los tiempos de Artemis II, donde había que avanzar muy, muy rápido y también cumplir requisitos muy estrictos de seguridad, dos cosas que eran difíciles llevarlas a cabo en simultáneo”, afirma Cuesta González.
Ahora, con todo ya terminado, el líder del proyecto reflexiona: “Más allá de eso, está todo el aprendizaje que tuvimos en el medio, en el cual NASA nos habilitó a subirnos a su lanzador, que no fue fácil, fue mucho trabajo, pero también permitió generar muchas lecciones aprendidas en un equipo de entre 60 y 70 personas que estuvo constituido por alguna gente con cierto seniority, pero, en su mayoría, son estudiantes jóvenes con mucha proyección a futuro para lo que se viene en la industria espacial”.
La puesta en marcha de este microsatélite demandó numerosas pruebas para asegurarse de que todo funcionara perfectamente. “Hicimos ensayos de vibración, de vacío, pero también hicimos ensayos de comunicación, ensayos de qué pasa si pierdo un paquete de datos, si puedo reconstruir el mensaje. Hay un montón de cosas que hay que tener en cuenta”, señala Sanca.
Así, cada uno de los componentes fue probado por separado y luego, ya con el satélite ensamblado, se hicieron más ensayos. Esto no solo tiene que ver con asegurarse el éxito de la misión argentina, sino también con no perjudicar la expedición principal de la NASA, que para prevenirlo exige cumplir con exigentes protocolos de seguridad.
Ahora todas las miradas argentinas están puestas en que, una vez lanzada la misión, el Atenea pueda liberarse en el espacio, comenzar a operar más allá de la órbita baja terrestre y generar los datos esperados que contribuirán para el desarrollo de nuevas tecnologías espaciales.
Pero, más allá de los resultados particulares de cada uno de los proyectos participantes en esta misión, todos esperan que el éxito de Artemis II sea el puntapié para ir más lejos. Por ejemplo, desde la NASA buscan poder establecer una base permanente en la Luna, aunque la ambición es aún mayor.
“Sin duda aparecerán novedades de la Luna cuando haya mayor presencia humana ahí. Y bueno, el objetivo es ir de ahí a Marte, ¿no?, finaliza Cuesta González.
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